La actitud marca la diferencia@Macro
de Francesca Bertuzzi

En esos días las temperaturas habían llegado a máximas históricas. En mi dormitorio el ventilador giraba a su máxima potencia, que a decir verdad tampoco era mucha, hacía lo que podía, el hecho de que hubiese resistido desde los años noventas hasta hoy hacía que lo tuviese en estima, pero su eficiencia había disminuido claramente en los últimos años. Y todos los cigarros que fumaba por aburrimiento desde luego que no ayudaban a refrescarme. Así que me vestí y me maquillé, sin ponerle empeño, sólo quería beber algo en algún lugar donde corriese el aire.

La ciudad parecía el espectro de sí misma: o no me había dado cuenta de un ataque alienígena que había aniquilado a la población o era en realidad la única imbécil que no se había ido de vacaciones.

El Testaccio[1]era un polvorín, en mitad dl polvorín, como un oasis, una chica:

Los cabellos recogidos con gracia, el maquillaje difuminado sobre los rastros del bronceado, un vestido azul eléctrico seriamente corto se le movía encima siguiendo el ritmo de su caminar apresurado. Tenía el aire de saber adónde ir en medio del desierto y puesto que yo, por el contrario, no tenía ni la más mínima idea, comencé a seguirla. Me estaba llevando al matadero, al antiguo matadero para ser exactos.

Luces, perfume, voces, música y de improviso ya no estaba en la ciudad desierta, había descubierto dónde se habían refugiado todos. Después del apocalipsis provocado por el calor, se habían encontrado allí como yo. Sin mucho esfuerzo había localizado el bar y me había llenado la mano derecha con un cáliz de vino blanco helado, me había sentado en un pequeño sofá y había comenzado a mirar alrededor, había fotografías de desnudos de autor, cuerpos en blanco y negro que surgían de sombras oscuras, no se veían los rostros de los sujetos. A mi derecha había abierto un set fotográfico, la chica que me había llevado hasta allí estaba detrás de las vallas del set, fumaba uno de esos cigarros franceses finos y largos y bebía a sorbos un líquido colorado y denso a un ritmo envidiable. Debía de ser una modelo o algo parecido. Entretanto a las espaldas del edificio avanzaban unas nubes oscuras y se había levantado el viento de improviso jugando como un niño con las faldas de las chicas, efectivamente era obvio que la única tarde en que había decidido salir el tiempo se ponía asqueroso.

Los vasos de vinos se iban sucediendo como las horas y había visto los preparativos para la proyección en el cine del Macro, así se llamaba el museo construido en el edifico. La chica del vestido azul había reaparecido, mal apoyada en la barra del bar sonreía al chico que le preparaba el enésimo cóctel.

Una vez agarrado el vaso, completó la pirueta y se encaminaba en mi dirección, a cada paso los tacones se tambaleaban, después sin demasiadas contemplaciones se lanzó al pequeño sofá junto al mío, me sonreía como una idiota.

“¿Sabes que realmente no sé quién era?”

No lo entendí.

“¿Quién?”

“No lo sé, ya te lo he dicho.” Y comenzó a reírse. “A veces la actitud marca la diferencia… ¿Qué habrías hecho tú?”

“Tendrías que ayudarme más si quieres una opinión.” Olía a alcohol y a lavanda, los ojos brillantes y los labios tensos en la sonrisa más extraña que podía poner.

“¿Te acuerdas del verano del apagón?”

“Fue hace unos años, sí.”

“Sí… yo estaba en un hotel que había sido anteriormente un convento, estaba alojada para una sesión fotográfica. Estábamos promoviendo un parque acuático, yo debía sonreír encima de un tiburón hinchable, qué bonito aquel tiburoncito. Estaba en mi habitación y el edificio era tan grande como austero. Estaba allí haciendo las últimas pruebas al traje frente al espejo y ya era tarde, debía estar dormida pero no me convencía el biquini e intentaba ponérmelo lo mejor posible para estar guapa, era uno de mis primeras sesiones, ¿sabes lo que supone eso?”

En verdad no sabía lo que suponía ni porqué me estaba hablando, le di un sorbo al vino que ya no estaba tan frío y asentí.

“Bien, en un momento dado se fue la luz, me asomé al pasillo pero no había nadie, quizá ya dormían todos, quién sabe. Entonces, volví dentro y me metí en la cama, era muy tarde y tenía que dormir. Poco después, estaba ya en duermevela, él había llegado sin que yo me diese cuenta, simplemente se había puesto encima de mí. No lograba respirar porque me estaba aplastando con su peso y me había tapado la boca con su mano y no sabía quién era. Tenía los ojos abiertos de par en par, pero no veía más que oscuridad y sentía que mi corazón estaba a punto de asfixiarse. Sin embargo, tenía las manos libres, así mientras me intentaba hacer aquello que es obvio que quería hacerme, pensé que podía coger cualquier cosa y golpearle, pensé que podía buscar sus ojos y aplastárselos, arañarle, obligarle a usar las manos y así poder liberar mi boca y gritar. Alguno me oiría, alguno del grupo me ayudaría. Lo pensaba, pero tenía las manos rígidas a lo largo de mi costado y él ya estaba dentro de mí, pero no lo sentía realmente, por así decirlo lo intuía, como si mi cuerpo estuviese lejos de mí. Entonces y sólo entonces levanté una mano y le toqué los ojos, después por encima de la cabeza y lo agarré de la nuca mientras estaba a punto de correrse y lo empujéhacia mi espalda, lentamente, con delicadeza. Estaba llorando, me había bañado toda la espalda y estaba llorando. Es estúpido, lo sé, pero en aquel momento me sentía fuerte, y nunca me he sentido tan fuerte. Después se marchó en la oscuridad por donde había venido y yo, sin moverme, me adormecí con las piernas abiertas y el vientre bañado.

Al día siguiente no me lograba convencer de que todo esto había sucedido realmente, y cuanto más pasaban las horas, menos crédito daba a mis recuerdos y a mi cuerpo.

Sólo que cuando volvió la noche, volvió de nuevo el apagón y yo no lograba dormir, había cerrado bien la puerta, había puesto unos cuantos vasos de cristal por el suelo en el tramo que va de la puerta a mi cama. Esperaba con el móvil en la mano dándome luz. Después oí un grito fuerte y el ruido de cristales rotos a lo lejos, y finalmente un ruido seco. No me moví hasta que no oí la voz de muchas personas y vi por debajo de la puerta la luz de las velas deformando las sombras, entonces me levanté y seguí el flujo del grupo que avanzaba hacia la habitación de Azzurra, la otra modelo con la que trabajaba en la sesión. La gente se asomaba a la ventana rota, miraba dentro y se alejaba cubriéndose el rostro. Me llegó el turno de mirar dentro. Azurra estaba en la clásica postura de las siluetas de las películas americanas: piernas retorcidas, un brazo por encima, el otro por debajo. Estaba muerta. Hablaban de un gesto desesperado, creían que se había matado lanzándose contra la ventana cerrada, pero yo sabía la verdad, ¿sabes? Se había rebelado y por eso estaba muerta, pero no dije nada, me lo quedé para mí. Todo para mí.” La chica se puso seria, muy seria. Se levantó y se fue dando tumbos y dejándome trastornada.

Un trueno, después dos y la lluvia llegó inexorable y violenta, me levanté y caminé bajo el agua, fuera del Macro la ciudad estaba de nuevo vacía. El relato de una borracha, dije en voz alta, y sabía que sólo quería oírmelo decir.